SAN FRANCISCO, 14 de enero de 1954 – En una tarde que quedará marcada en los anales del glamour y el deporte, la mujer más deseada del mundo y el héroe más grande del diamante han unido sus vidas. Marilyn Monroe, la rubia platino que ha cautivado a Hollywood, y Joe DiMaggio, el legendario "Yankee Clipper", contrajeron matrimonio hace unas horas en una ceremonia civil que, pese a los intentos de discreción, terminó en un absoluto frenesí mediático.
Un secreto a voces
El plan original de la pareja era un enlace íntimo y privado en el Ayuntamiento de San Francisco. Sin embargo, el secreto se desvaneció cuando, según los rumores, la propia Marilyn llamó a su estudio en Hollywood para dar la noticia. Para el mediodía, más de 500 personas entre periodistas, fotógrafos y curiosos ya abarrotaban los pasillos de la sede municipal, esperando capturar una imagen del "romance del siglo".
La sencillez de la novia y el porte del campeón
A las 1:15 p.m., la pareja hizo su entrada. Marilyn, rompiendo con la tradición del blanco nupcial, lucía un impecable traje de lana marrón chocolate con cuello de armiño, una elección que resaltaba su elegancia natural sin perder la sobriedad del acto civil. DiMaggio, visiblemente nervioso pero protector, vestía un traje azul marino con una corbata a juego.
Ante el juez de la Corte Municipal, Charles S. Perry, la pareja intercambió votos en una ceremonia que apenas duró tres minutos. Al salir, los flashes de las cámaras iluminaron el pasillo como si de un estreno de cine se tratara.
"Estamos muy felices", declaró Marilyn con su característica sonrisa, mientras Joe intentaba abrir paso entre la multitud. Al ser consultados sobre su luna de miel, el gran bateador simplemente respondió: "Probablemente nos subamos al coche y conduzcamos sin rumbo".
La unión de dos mundos
Esta boda simboliza la fusión de los dos grandes pilares del entretenimiento estadounidense: el cine y el béisbol. Mientras que Marilyn está en la cúspide de su carrera tras el éxito de Los caballeros las prefieren rubias, DiMaggio, ya retirado, sigue siendo el símbolo de la excelencia deportiva y la caballerosidad.
Aunque el asedio de la prensa fue abrumador —obligando a los recién casados a salir por una puerta lateral hacia un Cadillac azul—, la ciudad de San Francisco celebra hoy el triunfo del amor entre su hijo predilecto y la musa de la gran pantalla. Solo el tiempo dirá si esta unión entre el ídolo del estadio y la reina del celuloide podrá resistir el implacable escrutinio de los focos.