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El milagro de Toronto: 104 años de la inyección que cambió la historia de la diabetes

Publicado por:
Fernando J.
Publicado en:
January 11, 2026
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TORONTO, CANADÁ – El 11 de enero de 1922 quedará grabado en los anales de la ciencia médica como el día en que la muerte dejó de ser el destino inevitable para los pacientes con diabetes mellitus. En una pequeña sala del Hospital General de Toronto, un adolescente de 14 años llamado Leonard Thompson se convirtió en el primer ser humano en recibir una dosis de insulina, un extracto pancreático que prometía revertir una enfermedad que, hasta ese momento, funcionaba como una sentencia de muerte lenta y dolorosa.

Un paciente al borde del abismo

A principios de la década de 1920, el diagnóstico de diabetes juvenil (hoy conocida como diabetes tipo 1) era devastador. Los niños afectados perdían peso rápidamente, sufrían de una sed insaciable y terminaban cayendo en un coma diabético. El único "tratamiento" disponible era la dieta de hambre, un régimen extremo de apenas 450 calorías diarias que solo lograba prolongar la vida unos pocos meses, reduciendo a los pacientes a esqueletos vivientes.

Leonard Thompson era uno de esos niños. Con apenas 29 kilogramos de peso y un estado de salud crítico, Leonard fue el candidato elegido para probar el experimento de un equipo de investigadores de la Universidad de Toronto, liderado por el cirujano Frederick Banting y su asistente, el estudiante de medicina Charles Best.

El experimento que desafió a la ciencia

La búsqueda de la "secreción interna" del páncreas había sido el Santo Grial de la fisiología durante décadas. Banting y Best, trabajando en condiciones precarias y bajo la supervisión del profesor J.J.R. Macleod, habían logrado aislar un extracto de islotes pancreáticos de perros, al que inicialmente llamaron "isletin".

Sin embargo, el paso del laboratorio al paciente humano no fue sencillo. La primera inyección administrada a Leonard aquel 11 de enero fue un éxito parcial pero problemático. Si bien sus niveles de glucosa en sangre bajaron, el extracto estaba tan impuro que le provocó una fuerte reacción alérgica y abscesos en el lugar de la inyección. El experimento se detuvo de inmediato.

Fue aquí donde la intervención del bioquímico James Collip resultó vital. Collip trabajó incansablemente durante doce días para purificar el extracto. El 23 de enero de 1922, Leonard recibió una segunda dosis, esta vez mucho más limpia. Los resultados fueron milagrosos: sus niveles de azúcar cayeron drásticamente, su energía regresó y, por primera vez en la historia, un paciente con diabetes severa comenzó a recuperar peso y vitalidad.

Impacto mundial y el Premio Nobel

La noticia del "milagro de Toronto" se extendió como pólvora. Padres de todo el mundo viajaron a Canadá con sus hijos moribundos en brazos, esperando la sustancia mágica. Se cuenta que en las salas de hospital donde los niños yacían en coma, los médicos pasaban inyectando la nueva sustancia y, para cuando llegaban al final de la sala, los primeros niños ya estaban despertando.

Este avance le valió a Frederick Banting y a J.J.R. Macleod el Premio Nobel de Medicina en 1923. En un acto de generosidad y ética profesional sin precedentes, Banting compartió sus ganancias con Best, y Macleod hizo lo propio con Collip. Aún más loable fue su decisión de vender la patente de la insulina a la Universidad de Toronto por solo un dólar, declarando que la insulina "le pertenecía al mundo, no a un hombre".

Un legado que salva millones de vidas

Hoy, 104 años después, la insulina sigue siendo la base del tratamiento para millones de personas. Aunque Leonard Thompson falleció a los 27 años a causa de una neumonía (una complicación común en la época), el hecho de que viviera 13 años adicionales gracias al tratamiento fue la prueba irrefutable de que la diabetes podía ser controlada.

Desde el uso de páncreas de vacas y cerdos hasta la creación de insulina humana sintética mediante biotecnología en los años 80, la evolución de este fármaco ha permitido que la diabetes deje de ser una tragedia para convertirse en una condición manejable. Cada 11 de enero, el mundo recuerda a aquel niño de 14 años y a los científicos que, en un laboratorio caluroso de Toronto, decidieron que la muerte no tenía por qué ganar la batalla. 

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